Hay que quitarse el sombrero ante nuestro
siglo.
Su progreso salta a la vista:
Tiros en la nuca y neurocirugía, todo lo
lleva a cabo con exactitud.
Nos extermina como nos salva combatiendo
el cáncer
Que ha sembrado.
Hay que quitase la cabeza ante nuestro siglo...
Richard Exner
Artefacto 01
por Liliana
Quintero
Analizar la relación hombre-máquina
nos remite constantemente a la pregunta sobre nuestra naturaleza.
Pero si partimos de que la máquina es artificial y de que, más
que separarnos de lo que se llama natural, nos lleva a revisar
el modo de conocer, pensar y reconocer una forma de relacionarnos
con el mundo, quizás el hombre occidental, tal como lo dibujan
las añoranzas de los románticos a finales del siglo xviii y a lo largo del xix, ha perdido su capacidad de vincularse con lo orgánico, y a su vez ha construido,
de manera paralela, tecnología.
Habrá
entonces que llevar a cabo una búsqueda de lo que conlleva el
problema de la tecnología, y no rechazarla a priori, sino
rastrear su origen y descifrar su humanidad. De alguna manera,
nuestro presente es el futuro de la Modernidad. Nos ha
alcanzado el futuro maquínico, en que la máquina domina al hombre
y se hace presente el monstruo del cyborg. Hallamos el
punto donde el hombre-máquina se manifiesta como uno de los grandes
mitos del siglo xx. Aunque la tecnología apunta
hacia el porvenir, más bien, como dice William Barret, nos remonta
a lo más primitivo del ser humano, quien ha creado un demonio
terrorífico, incontrolable, avasallador, que se manifiesta de
manera paradójica como "amenaza y salvación".
Amenaza
Es imposible mirar la
máquina a primera vista. Si el avance técnico rebasa y, en cierta
forma, engulle al ser humano, puede afirmarse que la técnica misma
y sus posibles aplicaciones constituyen un dominio sobre la naturaleza,
y los hombres un dominio metódico, científico, calculado y
calculante.
No es que
determinados fines e intereses de dominio sólo se advengan desde
fuera, sino que entran ya en la misma construcción del aparato
técnico. La técnica es, en todos los casos, un proyecto histórico-social
en el que se manifiesta lo que una comunidad y los intereses en
ella prevalecientes se proponen hacer con los hombres y las cosas.
Nos cuesta
trabajo percibir, confrontar, enfrentar el problema de la técnica
como ideología, o mejor dicho, pensamos que es ajena a ella y
a la vez creemos que es muy poco humana. La separación entre técnica
y humanidades la ubica como una cuestión alejada del ejercicio
del pensamiento, toda vez que la tecnología es aparentemente mecánica,
y nuestra relación con ella, automatizada.
Otra cosa
sucede cuando observamos de manera detenida la tecnología. Cuando
nos fascinamos frente a la inteligencia de la máquina, se congela
un instante de la historia de la humanidad y devela al monstruo;
de pronto, descubrimos que se ha impregnado en todo quehacer humano;
a partir de que el hombre introduce la ciencia y la mecánica al
pensamiento, la filosofía se deshumaniza y la técnica se vuelve
tácticas de vida dominadoras, y así “las tendencias del individuo
se canalizarían de tal modo para servir a los requerimientos de
la sociedad, que se eliminaría la posibilidad de la reaparición
del hombre rebelde para siempre”.
El proceso
de "modernización" supone que el individuo queda determinado
a seguir ciertas reglas y técnicas para vivir; es evidente que
no se trata de una simple modernización, sino de una estrategia
que universaliza el poder y que hace válida la superioridad de
cierta visión del mundo. El sistema-mundo capitalista instaura
así un dominio sobre las relaciones legítimas de producción.
Si
la técnica está constituida conforme al trabajo y está pensada
por una estructura lógica del éxito, no será fácil desprendernos
de esta visión instrumentalista de lo técnico, como si tuviéramos
que crear una nueva técnica y cambiar la organización de la naturaleza.
Según Habermas, el problema de la transformación del saber técnico
en conciencia práctica no solamente ha variado hoy de orden y
de magnitud, es decir, ya no se reduce a las técnicas de los oficios
clásicos aprendidas pragmáticamente, sino que ha adoptado la forma
de informaciones científicas que pueden transformarse en tecnologías.
Durante
el siglo XX se ha puesto de manifiesto la verdadera cara de la
tecnología como devastación. El desarrollo tecnológico y los cambios
que lo acompañan, al parecer, no tienen límite: guerras mediáticas,
sistemas de control cada vez más sofisticados, la red como instrumento
de vigilancia, automatismo desenfrenado, experiencias mediadas,
transestéticas de la banalidad y manipulación genética. No se
vislumbra en el horizonte un modo de detener este vertiginoso
“avance” del que ignoramos, a ciencia cierta, hacia dónde pueda
llevarnos y surge la pregunta fundamental de la ciencia y de la
técnica contemporáneas: “¿de dónde se obtendrán las cantidades
suficientes de carburante y combustible? La pregunta decisiva
es ahora: ¿de qué modo podremos dominar y dirigir las inimaginables
magnitudes de energía atómica y asegurarle así a la humanidad
que estas energías gigantescas no vayan de pronto —aun sin acciones
guerreras— a explotar en algún lugar
y aniquilarlo todo?".
Salvación
La idea de
que la máquina es ajena al hombre (Marcuse) procede de un desconocimiento
de la máquina y de sus potencialidades, más que de la estructura
de la máquina misma. Ciertos autores han distinguido entre la
técnica y el trabajo, y han considerado que éste es más fundamental
que la primera. Simondon dice que "el objeto técnico ha sido
aprendido a través del trabajo humano, pensado y juzgado como
instrumento, auxilio o producto del trabajo".
Frente a ello, propone
el autor la idea de una aprehensión directa de lo que hay de humano
en la propia técnica.
Lo
que el hombre moderno considera propiamente humano está más cerca
de lo maquínico que de lo bucólico. Para Descartes, el hombre
es una máquina que piensa; acaso será éste el fenómeno más relevante
acerca de la artificialidad humana: creer que la realidad no es
algo dado, sino algo que hay que ir conquistando a fuerza con
el pensamiento y la razón.
El hombre, para Descartes, de alguna manera tiene voluntad y
alma; sin embargo, los animales son autómatas, es decir, reaccionan
de forma mecánica a las excitaciones externas. El automatismo
es la característica de las máquinas que consiste en llevar a
acabo una serie de operaciones sin más intervención humana que
la construcción de la máquina y su puesta en funcionamiento. La
automatización es la característica de las máquinas capaces de
conducirse a sí mismas según ciertas normas dadas, más variadas
y flexibles que las que corresponden al mero automatismo. Así,
una máquina automática puede fabricar planchas de metal ejecutando
todas las operaciones que llevan a este fin, de modo que no haya
intervención humana entre el momento en que recibe el material
y la entrega del producto ya terminado. En cambio, una máquina
automatizada puede no solamente fabricar automáticamente tales
planchas, sino también regular por sí misma el espesor y otras
características, modificando sus operaciones de acuerdo con los
resultados previstos. La máquina automatizada comprueba por sí
misma las condiciones de su trabajo. A partir de la filosofía
moderna y de los avances científicos que constituyen una visión
mecánica del conocimiento, se emplea este modelo para generar
máquinas.
El
hombre, en su afán de dominio y al descubrir la potencialidad
de la nueva ciencia, comprendió que el modelo de la física mecánica
es digno de imitarse mediante las máquinas, para representar
así todas las funciones de que se compone el proceso circular
de la acción instrumental. Primero, las funciones de los órganos
ejecutores (mano y pie); luego, las funciones de los órganos de
los sentidos (ojo y oído); finalmente, las funciones del órgano
de control (cerebro).
Cuando
la máquina rebasa los límites de la instrumentalidad, nos preguntamos,
ya no por su mera funcionalidad, sino por la relación que se genera
a partir de que ésta altera nuestra percepción; en este sentido,
no estamos hablando de una simple herramienta, sino de una prótesis.
En el siglo XX se logró la modificación de lo humano a partir
del vínculo con la máquina; se creó un “nuevo órgano”. No sólo
surgió la posibilidad de reconstruir el cuerpo del hombre, sino
que se modificó la experiencia, dando lugar a vivencias a través
del aparato.
Hagamos
un análisis de dicha relación usando como punto de partida el
texto No escribo sin luz artificial, de J. Derrida, ya
que en éste se hace una crítica a la forma como se ha cuestionado
a la máquina. Le parece que es normativa y simple la manera de
abordar el problema de la relación entre el hombre y la máquina,
y lo ilustra con un ejemplo: la máquina de escribir es vista como
algo negativo en el sentido de que la forma de escribir sin ella
es más próxima a lo humano. Hagamos una analogía con lo afirmado
por Walter Ong, en su texto Oralidad y escritura, ya que
los griegos de la época de Homero valoraban lugares comunes porque
no sólo los poetas, sino el mundo intelectual oral o el mundo
de la reflexión dependían de la constitución formularia del pensamiento.
Este conocimiento, una vez adquirido, tenía que repetirse constantemente
o se perdía. Para la época de Platón, los griegos por fin habían
interiorizado efectivamente la escritura. El almacenamiento del
conocimiento escrito liberó la mente hacia el desarrollo de un
pensamiento distinto. Pero aun así Platón considera la escritura
más artificial, ya que aleja y mediatiza, a diferencia de la
oralidad, que le parece más cercana al alma. Quizá algo parecido
sucede con la pluma y la máquina de escribir.
Sin
embargo, Derrida no cuestiona que el fin de la máquina de escribir
sea facilitar la escritura, sino que su uso, como el de cualquier
otra máquina, crea, entre ésta y el ser humano, nuevas relaciones,
mucho más complejas, ya que no sólo hay una intervención del artificio,
sino una intencionalidad que le corresponde. Cuestiona si en realidad
se sustituye lo manual cuando hay una intervención de la máquina.
Más bien, lo que sucede es como dice Derrida que existe otra inducción,
otra orden del cuerpo a la mano, y de la mano a la escritura.
Toda
la historia de la escritura ha sido dominada por la mano; aquí
el problema fundamental es la introducción del artefacto, es el
desplazamiento paulatino de la mano, pero lo que quizá habría
que cuestionarse no es la sustitución, sino la forma como se usa
la mano, ya que intervienen las dos manos y se usan todos los
dedos: "Todo esto formará parte, durante cierto tiempo todavía,
de una historia de la digitalidad."
Pero,
¿qué sucede cuando, aparte de la modificación de la mano, surge
un momento en que la máquina responde, en que hay un diálogo
con un "interlocutor anónimo". La pregunta que plantea
Derrida es si, además del diálogo, hay algo que no sabemos sobre
la máquina; no sabemos su ¿función o mecanismo?, y ésta se convierte
en un dispositivo ficcional: "En ese secreto sin misterio
reside frecuentemente nuestra dependencia respecto a muchos instrumentos
de la tecnología moderna que sabemos utilizar, sabemos para qué
sirven, sin saber qué sucede con ellos, en ellos, en su territorio;
y esto debería hacernos pensar sobre nuestra relación con la técnica
hoy, sobre la novedad histórica de esta experiencia."
La
representación del hombre ante el aparato resulta alucinatoria;
hay una "antropologización" del aparato. El aparato
no es predecible, es un "otro vigilante". Se tendrá,
entonces, que replantear el concepto de experiencia, y también
la relación con nuestro cuerpo. ¿Acaso el aparto se convierte
en una extensión de nuestro cuerpo? De alguna manera, podemos
responder afirmativamente, pero en los aparatos hay también intencionalidad
y determinada sistematización; en ellos se aplica cierta criterología.
Existe un criterio para que la cámara o el aparato seleccione
aquello que quiere ver, y no puede ver más que eso; además, tiene
su propia forma de ver.
La
modificación del exterior a partir de la web es algo muy interesante
planteado por Derrida, ya que, a partir de una nueva relación
con la máquina, la forma de percibir la experiencia también se
altera. La computadora crea otro lugar, otro espacio paradójico,
porque es exterior y la vez tiene una parte alucinatoria, pues,
más que haber un lugar específico, es un movimiento y un transcurrir
continuos: "Ya no existe el exterior. O mejor dicho, en esta
nueva experiencia de la reflexión especular, `hay más exterior´
y la vez ya no hay exterior. Uno se ve sin verse envuelto en la
espiral de ese fuera / dentro, arrastrado por otra puerta giratoria
del inconsciente, expuesto a otra llegada del otro".
Una
característica más de esta alteración es la ubicuidad: el exterior
no sólo se modifica, sino que también nos atraviesa. Hay una forma
azarosa de penetrar distintos lugares y poder estar en varios
y perdernos en el abismo de lo hallado. ¿Qué es lo que modifica
esta forma de relacionarnos con lo técnico? Lo cierto es que nos
enfrenta a repensar las "relaciones del pensamiento con la
imagen, con el lenguaje, con la idea, con el archivamiento, con
el simulacro, con la representación."
La
obscuridad del aparato nos deja siempre perplejos al querer desentrañar
su misterio, pero lo mejor sería, como hace Baudrillard, ironizar
respecto del problema:
Para nosotros,
esta presencia sagrada se ha reducido a un pequeño resplandor
irónico, a un matiz de juego y de distanciación, pero que no por
ello deja de ser una forma espiritual, detrás de la cual se perfila
el genio maligno de la técnica, que se preocupa en persona de
que el secreto del mundo permanezca bien guardado. El Espíritu
Maligno vela bajo los artefactos, y se podría decir de todas nuestras
producciones artificiales lo que Canetti dice de los animales,
que detrás de cada uno de ellos hay alguien oculto que se ríe
de nosotros.
Liliana
Quintero